Jorge –nativo
de Escobar en la Provincia de Buenos Aires- reside en Tierra del fuego desde el
2 de febrero de 1985. Su experiencia en tareas de campo, heredadas de su padre
-que se le anticipó en la partida hacia el sur- le dieron el ánimo de venir...,
y así salió de Médanos, donde había pasado el tiempo de su adolescencia, para compenetrarse de la realidad de este
sur, algo que él siempre percibió como un contacto directo con la naturaleza.
“Trabajé en la rural, en las Estancias, en el
campo y fue fácil, no tuve grandes inconvenientes. Para muchos dicen que es
difícil trabajar en el campo, para mí no fue difícil. Para mí fue un caso muy
lindo siempre me apasionó lo que es la vida y el trabajo en el campo, fue
bueno, por distintas cosas dejé de hacer el trabajo rural, pero siempre estoy
vinculado con la tarea. Toda la vida tuve caballos. Lo que más me apasiona en
la vida son los caballos. Las dos cosas que me apasionó: el oficio de domar, de
amansar y también el deporte. Mucha gente por ahí los mezcla a la doma y la
jineteada. Siempre también en claro que la jineteada es un deporte, un
divertimento y el domar es un oficio, un trabajo más”.
“Hice las dos actividades juntas, pero cuando
domaba no jineteaba y cuando jineteaba no domaba. Eso me dio la gran pasión por
los caballos y bueno en su momento traté de buscar algo más redituable. Busqué
y busqué una escuela de equitación criolla y bueno salió esto de hacer
cabalgatas”.
“La escuela de equitación marca diferencias,
sobre todo con otros países, de sentarte arriba del caballo, de agarrar las
riendas, seguramente lo ve un chico y se quiere aparecer a un cowboy y el
gaucho de acá dónde está. Eso es lo que yo siempre me pregunté, me cuestioné y
siempre quise apoyar”.
“De familia yo soy netamente tradicionalista.
Todo lo que tenga que ver con el gaucho
y con la gente del campo me apasiono, me llevó y entonces siempre quise hacer
eso y es más, hoy en día sin tener en escuela de equitación, hay gente que
lleva a sus hijos a que le enseñe, lleva a alguien a manejar, ensillar, a que
aprenda algo conmigo, a verlo ensillar. Siempre dentro de la netamente
tradicional y de lo que tenga que ver con el gaucho argentino. Acá hay otras costumbres, de todas
las provincias, en Tierra del Fuego”.
“También me gustó mucho acá el trabajo con
ovejas, el trabajo del ovejero. Si bien yo venía de una zona más vaquera, bueno
me gustó esto y me adapté enseguida.
Allá se trabaja mucho más con caballo, con vacuno, pero igual acá el
trabajo me gustó mucho”.
“De jovencito, desde que llegué nomás trabajé
en la fiesta del ovejero, la competencia en Tierra del Fuego, en Santa Cruz, en
algún momento. Me apasionó también el trabajo del perro ovejero. Hoy en día no
lo puedo hacer porque estoy en otra actividad, pero bueno cuando pueda lo
volveré a hacer, seguro. Al perro no lo dejé, lo tengo como compañero más que
nada, está conmigo digamos, pero no sale a trabajar con ovejas”.
Jorge se afincó desde hace cinco años en la zona de
Tolhuin donde comenzó una experiencia oferta turística de reconocimiento en la
zona, partiendo de la cabalgata. De los primeros circuitos chicos que fue
dibujando en torno la zona urbana de la tercera población fueguina, creció su
esmero por lograr una propuesta original y así surgió la travesía por el Paso
Lucas Bridges, sendero entre montañas no mejorado por el hombre por el que
aquel pionero avanzó –dada su amistad con los indios onas- desde la estancia
Harberton, sobre el Canal de Beagle, hasta consolidar un nuevo emprendimiento
ganadero en Estancia Viamonte.
“De lo que había escuchado de Lucas
Bridges y de “El último confín de la
tierra” y todo eso –nos cuenta Jorge,
lector de la célebre novela- siempre lo
tenía en mente y nunca podía conocerlo, cuando me acerqué allá, lo tomé como
meta número uno conocerlo y todos después decían que no se transitaba a caballo
desde el año sesenta y pico, que era imposible por el tema de los castores”
Al momento de realizar esta entrevista Jorge llevaba cuatro años de relevamientos del camino y tres tres temporadas de recorrerlo con turista en una experiencia que
“viene a ser –como el dice- la vedette
de mis ofrecimientos”.
Había mucha
gente que lo había hecho caminando, como Luisa Cárcamo de El Valdés, y en parte
estaba marcado con pintura por los militares.
Y así salió él en un primer momento, valorando todo, como fotógrafo,
como guía de cabalgata, estudiando la idea de hacer la experiencia de a caballo:
“ Uno puede pasar, pero si tiene un cliente que no es muy experto en cabalgar,
se para, tiene que hacer algo, digamos que este sendero es un poco, quiérase,
su atractivo histórico importante o por lo que yo he visto en mis clientes,
bueno el estanciero en el Último Confín de la Tierra tiene su atractivo
histórico importante”.
De Lucas, y por su libro, se sabe más en el extranjero
que acá, y por eso la mayoría de la clientela de Jorge es extranjera; los
diálogos del camino han hecho crecer en el guía su admiración por el pionero: “Me
gustaría haber sido amigo, aunque sea de él. Realmente por lo poco que he
podido conocer de su vida particular valoro que haya sido un gran luchador y un
gran emprendedor que se había . Se ha puesto como meta andar en esos lugares...
civilizarlos, o poblarlo, detrás de lo que le indicaban los onas...”
Bruzzo se ha fijado una temporada para la
travesía, desde el 15 de noviembre al 15
de marzo, antes que lo sorprendan las primeras nevadas, y así nunca se
suspendió una salida por mal tiempo, incluso cuando el cielo se oscurecía los
clientes lo apuraron y estimularon a demorar la experiencia.
“El paso Lucas Bridges no es un turismo de
extremo, está pensado como para que lo pueda hacer cualquiera. El 98% de la
gente que llevo no anda a caballo, no sabe andar a caballo, pero bueno uno
tiene que orientarle los medios del caballo e ir enseñándole y hacer escuela
con él mientras dura la cabalgata, por ahí enseñándole todo eso y
acompañándole. Esta mucho en la atención o en la guía que el vaqueano le da.
Son muchas horas de charlas y de contarle cómo es esto, cómo se maneja, cómo
sentarse arriba del caballo, pero le digo que a veces va gente que nunca se ha
sentado en caballo y lo hace con un grupo de amigos sin ningún problema y otro
dice un día y medio en el caballo, yo no me banco ni una hora. Muchos lo han
hecho y se han bancado los días y chochos de contentos y te lo manifiestan por ahí en el cuaderno de visitas que tenemos
te hacen sentir que han vivido...”
Si bien la travesía inicial que caminó Lucas fue de
sur a norte, la experiencia que dura dos días y medio y de a caballo, se
realiza de norte a sur: “partimos de Aguas Blancas porque de Aguas Blancas a Tolhuin está muy echado a
perder el sendero, y aparte para no ir
por la ruta porque los camiones que pasan nos taparían con tierra, digamos aparte. Es una marcha muy
tranquila, se hacen cuatro horas a la
mañana y tres horas a la tarde, o sea que en total andarán seis horas a
caballo, preparando el fuego con todas esas charlas que te digo. Tengo un mini
refugio, un mini reparo nada más, no hay
refugios ni he simulado los que tenían
los onas, todavía no he querido meter en ese tema. Si está lloviendo y todo
esto, para guarnecernos armamos las carpas y todo eso”.
En alguna oportunidad ha salido con un solo viajero,
en otra con un grupo excepcional de 19 jinetes, siempre suma su gente que está
en la logística de apoyo. Esta preparado para trabajar cómodamente con grupos
de diez personas.
El viaje final termina en Harberton, donde la
experiencia del viajero se enlaza con la oferta del lugar. A Jorge Bruzzo y los
que le acompañan la queda la experiencia de volver con su tropilla, limpiando
el camino de algún árbol que se cayó, preparando y arreglando un poco más los
lugares en que se detienen a comer, cuidando la higiene y atendiendo a fuegos que de mal apagados
podrían destruir todo el encanto del paisaje. Y por sobre toda las cosas –para
Jorge- es el momento de trabajarse para
adentro, de dialogar con el silencio, como lo hacían los onas, como lo hacía
Lucas, y de pronto parar... por que se le ocurre, en un recodo cargado de
misterios, y tomarse unos mates sin que los turistas se apasionen por
fotografiarlo o filmarlo durante un tiempo interminable.
Estas vivencias fueron presentadas inicialmente en el
número 33 del periódico EL RÍO, memorias de la zona. Con el tiempo desarrolló
su Sendero Indio.
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