EVOCACIONES*** El 15 de enero de 1890 aparece una nueva nota en El Diario, de Buenos Aires, donde se describen los enfrentamientos con mineros chilenos.



 La misma se titula Relámpagos, y en ella Julio Popper expresa:

“Comisario para Tierra del Fuego. Se precisa uno que sepa su obligación y que tenga buenas recomendaciones. Sueldo mensual $ m/n 40. Dirigirse…”

Y luego se sucede un diálogo.

-No, esto no se hace por aviso en la prensa.
-Pero urge, señor –Hace dos meses que he dejado la Tierra del Fuego en pleno desorden. Allí debe regir la anarquía.

He aquí como cupo el honor a un hermano mío (oh! Lo lamento en el fondo de mi alma) de ser el Adán de los comisarios del departamento de San Sebastián.

Había estado en Buenos Aires y de nuevo me hallaba de paso en el simpático Punta Arenas. Llegaba conmigo los doce gendarmes destinados a la comisaría, que para evitar demoras venían con el vapor correo.

Era invierno. Blancas las calles y blancos los cerros, blancos los campos y blancos los montes, rosa tan solo el rostro de las bellas del pueblo, pero ni blanco ni rosa el ánimo de sus habitantes. Algo extraño, inusitado, se había apoderado de los antes tan pacíficos vecinos. Se notaba un movimiento acelerado, en las esquinas se discutía asuntos importantes, en los despachos se gesticulaba, se oían gritos; se compraban y se vendían armas y caballos a precios exorbitantes y luego de repente, seguían frases de tranquilidad; por momentos el pueblo reanudaba su vida monótona y acompasada…

Popper se preparaba para describir una batalla.


Julio Popper describió en la prensa de Buenos Aires la convivencia entre el poder judicial puntarenense y los negocios que se permitían en ese confín.

Oh no cabía duda! Allí sucedía algo parecido a lo que el genio de un célebre novelista ha concebido y descripto hace años, la futura metrópoli antártica se haya sujeta aun capricho “ del doctor Ox”.

-Usted me la pagará cien veces!- se oía decir a una voz clara y despejada, pero agitada por la ira, mientras que detrás de un mozo que cargaba una capa de guanaco, se cerraba violentamente la puerta de una tienda. Era la voz del honrado, culto y afortunado dueño del almacén.

-Pero cómo es señor Menéndez, que usted, comerciante, después de estar avisado del robo de una capa de señas tan características, forrada como no hay otra en esta ciudad, viene a comprarla por la tercera parte de su valor y a un individuo sospechoso, confinado –preguntaba el juez, que a las ocho de la noche había construido juzgado en la tienda.

Era un caso extraordinario, nuevo en los anales del pueblo.

Poco tiempo después de haber ocurrido esta escena, el señor juez, que a la vez desempeñaba las funciones de boticario en la localidad, me honraba con su visita:

-Traigo una docena de chicha champaña especial y tendré mucho gusto si usted acepta de mi parte.
-Le agradezco mucho señor Venegas, pero no acostumbro a recibir regalos.
-Pero Usted me ofende si no lo toma.
-Le aseguro que no tengo esa intención.
-Entonces le voy a vender cinco bordalesas de vino francés que tengo muy rico, y que usted precisa.
-Las compraré siempre que respondan a las condiciones que Usted cita.

Popper incomodaba en el Estrecho, y seguiría incomodando

Julio Popper da cuenta de su relación en Punta Arenas con el boticario Venegas, sujeto de oscuros designios que a la vez se desempeña como juez de paz.

Al día siguiente se desembarcaban del buque del establecimiento para ser devueltas a la botica, cinco bordalesas cuyo contenido no necesitaba d ela Salvation Army para impedir su consumo, y, ¡Oh fatalidad! Quedaba a bordo una caja que no constaba en el manifiesto y que resultaba contener doce botellas de chicha champaña.

Esto era grave, inaudito, a Popper se la había ofrecido un vino francés de mayor calidad.

-Quiere usted tener la bondad de pasar por un momento?, le voy a leer una sentencia –decía el secretario del juzgado que al verme pasar por la calle abría la ventana y me dirigía la palabra.
-Sentencia del juzgado?
-Si, señor. Ahí está: por fallo de este juzgado se condena a usted al pago de 160 pesos, valor de dos bueyes, en el juicio seguido por el señor Venegas…
-Si jamás tuve noticias de bueyes del señor Venegas. Por qué no me citaron antes de condenarme?
-No lo sé.
-Acaso pretende haberme vendido bueyes?
-Lo ignoro.
-Y el audiatur et altera par4s?
-No lo conozco, creo que no ha venido.
¡Uf¡ era tiempo de seguir viaje.

Popper explicó en la prensa de Buenos Aires los detalles de sus relaciones con  Punta Arenas.

Había dado a conocer el decret6o que creaba una comisaría en San Sebastián, cuyo objeto era, en parte, prevenir la expoliación indebida de las riquezas auríferas del territorio, y publicado a la vez un pliego de condiciones por el que los mineros podían trabajar en pertenencias de la Compañía, la que los proveía de casa, aparatos, medios de transporte y manutención, distribuyéndose el oro obtenido en partes equitativas entre lso obreros y la empresa, y me hallaba de regreso en El Páramo.
-Dónde está el encargado del establecimiento?
-Se ha ido.
-Y el mecánico?
-Se fue-
-Y los trabajadores?
-Todos se han ido; anoche se embarcaron y salieron con rumbo al norte. Llevan de oro 24 kilogramos.

Venía en el vapor chileno Toro y con el mismo bote que me llevara a tierra regresé a bordo, zarpando en seguida en busca del buque. Lo hallamos el mismo día bordeando en Bahía Posesión. Habíamos izado en el trinquete las señales del código, que el buque contestó poniendo proa al viento y a poco rato me hallé a su bordo. Jamás tripulantes y pasajeros de un buque han ofrecido aspecto de más completa estupefacción.

Creo oportuno constatar que el gobierno de Chile tiene constantemente en el Estrecho de Magallanes un buque a vapor cuyo comandante lleva instrucciones de fomentar en lo posible todo lo que tienda a aumentar el conocimiento del territorio y el desarrollo de su población, efectuando exploraciones, estudios hidrográficos y prestando auxilio eficaz a los pobladores de la región. Por repetidas veces, desde mi primera exploración, cuando no había posibilidad de conseguir otros buques, este vapor me había prestado espontáneamente los servicios más inapreciables, con el desinterés e hidalguía que honran tanto al gobierno a que pertenecen, como a los ilustrados e intrépidos oficiales a cuyo mando se halla confiado.


Por un lado registra los intentos del comisario del lugar, el hermano de Popper, por alejar a los que sin autorización buscan oro en el espacio de su concesión, y por otro deja una crónica interesante de lo que era una cabalgata en invierno:

Era el mes de julio, nevaba, un viento furioso arrastraba en el suelo escarchado una corriente de nieve que formaba blancas cumbres en cada zarzal, en cada peñasco y en cada protuberancia arrecida de terreno. Envueltos en grandes ponchos, la caperuzas erguidas en punta y echadas hasta las narices azuladas, se veían las barbas blancas y erizadas por el hálito congelado.

Llevábamos a la rastra los caballos que, flaquísimos y derrengados con las constantes excursiones invernales, movían penosamente sus cascos heridos por las ásperas sinuosidades del terreno endurecido y resbalaban constantemente en la superficie cristalizada de los charcos ocultos bajo la nieve. A cada paso hacíamos alto para deshacer la carga de algún caballo caído, tal vez para jamás levantarse. Las sogas que sujetaban dichas cargas apenas cedían cuando había que atarlas, y ásperas, tensas, herían las manos ya hinchadas por los sabañones, mientras la nieve que se acumulaba en las campanas de las botas, en el cuello, en los bolsillos, se fundía por el calor del cuerpo y penetrando hasta el cutis producía la sensación de quemaduras que luego helaban.

Julio Popper dejó un registro periodístico de lo que era a su tiempo  recorrer la Tierra del Fuego a caballo en la temporada invernal.

Caía la noche y acampar era imposible; las estacas de las carpas no penetraban en el suelo congelado y a larga distancia no se veía ningún arbusto, ninguna mata para encender fuego que en aquellas circunstancias significaba vida. Repentinamente la dirección del viento cambia y llega del norte una llovizna fina, densa, penetrante, que en pocas horas disuelve la nieve y nos deja de noche oscura en medio de varias lagunas de agua.

Empapados y temblando convulsivamente, esperamos en noche larguísima la luz del día y seguimos viaje avivando el cuerpo por movimientos acelerados. Luego la temperatura vuelve a bajar y la ropa mojada, los ponchos, todo se endurece y se transforma en hielo.

Adelantamos por la playa y a lo lejos, en el campo, notamos por él resplandor de la nieve una agrupación que se movía. Luego se distinguen unos treinta caballos y al rato detenemos una masa disforme que envuelta en trapos y restos de ponchos y enlazada en jirones de frazadas de todos géneros se hallaba sentada al caballo sujetando con su base un arma Winchester a la montura.

Son los maniquís fabricados para impresionar por su número a los merodeadores, imponiendo miedo y prudencia.

Julio Popper debió construir espantajos de trapos sobre cabalgaduras para simular ante los intrusos una fuerza de resguardo de su mina superior a los efectivos de los que disponía.

Así logró amilanar a doce chilenos que enviados por  Harry Rotemberg, pretendían operar en el área asignada para su explotación por el gobierno argentino.

“Seguimos viaje y nos embarcamos en el río Juárez Célman zarpando hacia el sur. Efectuamos una exploración en el Estrecho de Le Maire y en la Bhía Aguirre. Levantamos el croquis hidrográfico del puerto Español en cuyo fondo descubrimos un río bastante caudaloso (aviso a los interesados). Visitamos las islas Nueva y Picton y después de un mes de ausencia desembarcamos de noche oscura en El Páramo y seguimos camino hacia las casas”.

Allí se encontrarían con malas noticias…

Se hallaban en el comedor de El Páramo, siete hombres de vigoroso aspecto cuyas caras tostadas por el sol y cuyas facciones endurecidas, demostraban la costumbre de afrontar los peligros. Eran todos hijos de la costa de Dalmacia y con ligera excepción, hombre que desde muchos años me acompañaban en expediciones en que por repetidas veces habíamos expuesto la vida unos por otros.

El que escribe es Julio Popper, y lo hace luego de los enfrentamientos con intrusos en su establecimiento minero.

Les hablaba y me comprendían, dice:

“…Las penurias y los peligros que habéis atravesado os han ennoblecido el alma y templado el cuerpo! ¡jhabéis sido los primeros en romper el misterio en que se ocultaban estas regiones! ¡Habéis disputado al salvaje una tierra virgen y habéis demostrado ser dignos representantes del hombre civilizado!¡Las miserias des miserias desaparecen y las riquezas se funden, pero firmes e inmutables quedarán los hechos que os elevan, que enorgullece a vuestros padres y honrarán a vuestros hijos, que os hacen dignos del País que os ha servido de cuna y dignos de la tierra que habéis adoptado!¡Mirad aquella bandera que eleva invencible el blanco de la justicia que guía vuestra armas y el azul de los cielos que protegen vuestros pasos!¡Mirad el estandarte que, cual el sol las tinieblas, repele las balas lanzadas por la villanía”

“Los proyectiles de los forajidos jamás pegan de frente, vosotros la espalda no la mostrareis!”

La región comprendida entre río Cullen y el cabo Espíritu Santo se halla constituida por unas tierras elevadas que terminan abruptamente en las barrancas de doscientos pies de altura que bordean el Océano Atlántico.

Así comenzaba Popper su descripción de Arroyo Beta:

Las quebradas que  desde el mar se notan en estas barrancas son las desembocaduras de cañadas que, ramificándose en el interior, corta la alta planicie en distintas direcciones. En la cuarta de estas quebradas, contando desde el cabo hacia el sur, desemboca el arroyo Beta, que por su proximidad a la frontera es el cuartel general de los bandidos que llegan por la vía de Punta Arenas. Por más de diez veces en el curso de los últimos dos años, este arroyo ha sido teatro de escenas tan diversas como extraordinarias, tan dignas del pincel del artista como la pluma del escritor.

En el momento que nos ocupa, cuatro campamentos se hallan fijados en la orilla izquierda del arroyo.

Popper describe el escenario de un combate, de un combate inminente.

En la playa se veían hondas excavaciones en la tierra, en las que algunos hombres se hallaban ocupados en juntar arenas negras.

La descripción es de Julio Popper y habla de la realidad vivida en Arroyo Beta, En las carpas, alrededor de las hogueras y a lo largo del arroyo, unos sesenta individuos armados de Winchester ofrecían el aspecto original de una agrupación de atorrantes, criminales y bandidos de casi todos los países, vestidos de harapos algunos, descalzados otros, no había un solo individuo que ofreciera la más lejana semejanza al otro. Gritaban, reían, gesticulaban, cuando de repente la escena cambia.

El montón de bribones se mueve cual nido agitado de víboras. Se oyen espantosos gritos de: “Alerta. ¡Los cuyanos!” y aparecieron en la orilla opuesta del ar4royo las siluetas de ocho soldados argentinos.

Popper escribió en la prensa de Buenos Aires una relación de sus combates contra los intrusos chilenos en sus arenas auríferas de Arroyo Beta.

Una descarga desordenada de carabinas recibía inmediatamente la aparición inesperada.

-Desplegaos en guerrilla-¡ Al suelo! Fuego! Carguen! –se oía otra vez por entre las detonaciones.

-Ave María!... Misericordia! –de este lado- Calen bayoneta! Avancen! –del otro.

Hsbían cesado las detonaciones; los soldados se apoderaban del campamento, una legión de forajidos, algunos de ellos, aunque heridos, corrían precipitadamente hacia la frontera de Chile y arrodillados en el suelo se veían cuatro hombres con los brazos abiertos en forma de cruz, los ojos salientes, las caras encendidas y temblando todo el cuerpo , implorando perdón con gritos de: Ave María!.

Con el tiempo Popper será censurado por otros combates, los sostenidos con los nativos, y las fotos tomadas con estos muertos.

Julio Popper alude a Julio Verne cuando escribe en El Diario de Buenos Aires una crónica descriptiva de lo que le pasa en Tierra del Fuego bajo el título de EL DOCTOR OX.

-Reclamo 15.000 pesos!
-Yo pido 20.000!
-Yo 30.000 y son muy moderado! ¡A mi me atropellaron, me robaron en Territorio chileno.¡tengo 72 testigos!¡Como chileno exijo una satisfacción completa, contundente!¡Nuestro territorio ha sido violado por fuerzas argentinas!- exclamaba el señor Fuhrmann (ex juez)

Y esto no es más que el comienzo, casi novelado, de las protestas que se dieron en Punta Arenas cuando Popper desalojó a los que intruseaban sus concesiones en el Páramo, mientras que otros pensaban llevar el litigio a un nivel de cancillerías.

En Punta Arenas los merodeadores dispersados por Popper hacían cargos públicos sobre como fueron tratados. Entendiendo, o haciendo entender que estaban entonces en territorio chileno.

-¡A mi me han confiszirt un revólver riquísimo cadó de musiú Andriú, un Winchester y una revólver bull dogg! Me han como se dice ¡by God!, violato mis caballos! –se expresaba el señor Rottemburg (alias capitán Harry) quien tenía el talento de hacerse comprender en cinco idiomas a la vez.

-¡Recamo todo!... ¡Todo…, al mismo Popper inclusive! –se oía una voz que salta por ráfagas de un personaje de cortas talla y de rechoncha figura, que echaba vapor por todos sus escapes.

-¿Y cómo lo conseguiréis, doctor, como lo conseguiréis?

-¡Conseguiréis! ¿Cómo lo conseguiré? ¡Ahí, no tengáis cuidado! ¡Lo conseguiré o no me llamo Venegas… ¡En mi botica aún hay alcohol…! ¡Un depósito…! ¡Abriré el robinete!.


Las masas se hacían valientes en los reclamos frente al Ingeniero Rumano.