Recordados enfermeros, que han merecido reconocimiento por la gente de Río Grande. Primera parte.





Una vez más Facebook nos ha dado a oportunidad de recopilar información de nuestro lugar, luego que el pasado 21 de noviembre –día de enfermerías- indagamos sobre aquellas personas que desde su oficio se eterniza en la gratitud de quienes fueron sus pacientes.

Y tomados unos días me siento a ordenar de alguna manera, para facilitar la comprensión de todo lo dicho. Puesto que en bueno saberlo, muchas veces el que escribe en estos medios lo hace sin leer lo que opinan los demás.

Podemos adelantar una apreciación personal. Nuestro recuerdo nos lleva a diferenciar a aquellos enfermeros que estaban próximos a nuestro domicilio y que podían atendernos de manera particular en alguna emergencia o una rutina, de aquellos que encontrábamos cuando concurríamos a un centro asistencial.

La información que ahora ordenamos sabemos que se pueda desbandar. Pero por otro lado omitiremos en algunos casos la identificación de los opinantes, para facilitar la lectura.

Hubo un tiempo de nuestra existencia, aquí en Obligado 519, en mi casa, en mi barrio, que teníamos en Agapito Paz el enfermero más cercano. Se desempeñaba como policía y en misa era monaguillo. El fondo de nuestro patio daba con el terreno de su esposa, doña Rosario Pacheco. Pero no muy lejos estaba Rubén Cabrera, que había llegado de San Luis, y terminaría por casarse con una de las hijas de Alberja, ingresando más tarde a la policía. Las tres “hijas de Alberja” era personal hospitalario. Mis padres acudían más a él, su hija mayor –que hoy es médica en Santa Cruz-era la Melo, venía a pedir caramelos –Melos- y partía después una pequeña conversación. Con los años se instaló en la cuadra Hugo Rogel, que vivían en los fondos de María Santana de Ávila, por cuestiones de nacionalidad consiguió empleo en el petróleo. Hace unos años dejó todo y se fue a Brasil donde se enseña la iriología. Al frente vivía Albertina Andrade, Tina, que terminó jubilándose de enfermera en el hospital. Sobre Rivadavia estaba ya en tiempos más recientes la Cuca Sandoval, empeñosa mujer que como tantas mucamas emprendía todos los días un tiempo adicional de aprendizaje atendiendo pacientes. Es junto a Clarita Romano, que ya vivía más lejos, unos doscientos cincuenta metros-una de las más reconocidas por nuestros amigos.

Esto sería en el tiempo de mi adolescencia y mi primera madurez. (1967-1981). Una etapa en que por no tener auto se requería la atención a domicilio. Muchos de los enfermeros hasta ahora mencionados también tardaron mucho en salir de peatones.

En mi infancia aparecían otros nombres. Los padres no eran los que tenía todavía problemas de presión para controlarse y cuidarse. La presencia doméstica estaba dada por el enfermero que llegaba a casa para poner inyecciones, ¿a quién?, a mí que volaba de fiebre. Entonces recuerdo a  Vicente Barría Clausen, Pedro Eduviges Bay (foto) y René Saldivia

A Vicente mamá lo recordaba de niño, de pensionistas en la casa de la Nona, o tal vez de visita porque el padre y mis tíos Rodolfo y Simón eran grandes amigos. Vicentito recordaba que se sentaba en el chancho a la hora de lustrar para dar más efecto a la tarea de mejorar el encerado del largo pasillo de aquella casa que hoy superado los cien años no brilla como entonces. Barría era descomunal, no se sacaba las ropas de abrigo con las que solía venir –mis dolencias eran invernales- y me miraba seriamente tras su anteojos mientras inyectaba aquellos remedios “de aceite” que el calentaba en sus manos para que resultara menos doloroso. Como mucha gente del oficio tenía otra tarea, el confeccionaba planos.

Pedro era pequeño, y nunca pareció envejecer más allá de lo que ya lo era cuando lo conocimos. Bajo un delgado perramus encubría el uniforme policial que vestía en algunas de aquellas visitas. La gente le planteaba los problemas de salud que enfrentaba, y el decía que lo iba a estudiar, al tiempo hacía una visita para aliviar las preocupaciones de sus pacientes/amigos o prevenirlos de lo que se podía venir. Vivía en una casa cercana al Batallón, calle Rosales, con techo a dos aguas pero con  caída al centro, solo emulada por la casa de la contadora Mingorance, donde hoy está Tante Sara. Me han dicho que en nuevas urbanizaciones de la ciudad existe una calle que lo recuerda, fue la gestión de una nuera, “Enfermero Pedro Bay”.

Y el tercero de esta enunciación partiendo de la familia fue Saldivia, para algunos Paleta, para otros “Tabita”, lo primero por su camaradería, lo segundo por su delgadez. Su hija Aidé del Carmen, aportó recuerdos:
Mi padre el primer enfermero en el hospital Río grande y ejercía como sub cabo enfermero en el BIM 5 y estaba mi tío Bay y el enfermero Grao y nacimos en el batallón en la enfermería y papa,  Rene José Saldivia fue el primer enfermero de Salud Pública, que llegó en el año 1953 desde Río Turbio

Cuando a pap´s lo llevaron por primera vez al hospital, mire Saldivia - le decían- A usted con el tiempo lo vamos a pasar de Salud Pública a Gobierno (ja¡) pasaron seis meses sin sueldo pobre viejo hizo malabarismo haciendo inyecciones para darnos de comer y los médicos le prestaban libros y el seguía estudiando, Así aprendió a colocar los forceps y logró traer varios bebés al mundo , eso era vocación como muchos enfermeros y enfermeras que atravesaron el Hospital de Río Grande.


Pero Saldivia tuvo para mí hasta una trascendencia inimaginada. En una de esas largas estadías hospitalarias a las que me llevó la salud de mi madre yo visitaba en área de crónicos donde se alojaba a algunos vecinos sin familia que se iban despidiendo de este mundo. Un día uno de ellos en situación de agonía me contó que había pasado Saldivia a preguntarle que quería, el pidió mate cocido, que no tomaba hacía tiempo. Paleta volvió con un jarro, y después se pusieron a conversar. Paleta fumaba pero no le quiso convidar un cigarrillo. –Hablamos de cosas de la vida,  y después se fue a hacer su trabajo. Ese mismo día el paciente falleció. No pasó un mes y otro paciente me relató una situación familiar. De vuelta el mate cocido, de vuelta la muerte consoladora para liberar al paciente de tantos pesares. Esto que yo advertí lo advirtió otro, a tal punto que cuando alguien decía que lo había visitado Paleta, ya se estaba llamando al Padre Zink. Saldivia ya se había jubilado y muerto hacia algunos años. Habían mucamas que decían haber encontrado jarros con restos de mate cocido, en las mesitas de los moribundos; y por eso ya no querían servir allí.